PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO


ADVIENTO. Él VIENE trayendo ternura, misericordia, bendición; en la debilidad y desnudez de nuestra carne, PARA DAR VIDA a todos sin excepción; como Dios hecho niño para que no tengamos miedo, para que lo reconozcamos y lo acojamos en los rostros y las miradas de cada día.

TRIDUO EN HONOR A SAN SERAPIO


Los días 12, 13 y 14 de noviembre a las 19'30 h.
 en el Convento de la Merced, 
se celebrará el Triduo en Honor a San Serapio.
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En la eucaristía del día 14 se bendecirá el tradicional aceite de San Serapio.

Protector de los enfermos, el aceite de San Serapio, es bálsamo que reconforta en medio de las enfermedades, porque es bálsamo para poder darle sentido profundo a nuestra vida.

San Serapio, de origen irlandés, nació hacia el año 1179.

Fue militar enrolado en el ejército de su rey Ricardo Corazón de León, y luego en la compañía de Leopoldo VI, el Glorioso, duque de Austria, se alineó en su escuadrón para ir a España, en apoyo del ejército cristiano de Alfonso VIII que luchaba contra los musulmanes. En la Península, Serapio decidió quedarse al servicio del rey de Castilla, para proseguir luchando en defensa de la fe católica. Allí tuvo la ocasión de conocer a Pedro Nolasco y a sus frailes, que se dedicaban a la defensa de la misma fe, pero no guerreando contra moros, sino sacando de su poder a los cristianos cautivos, empeñando en la empresa sus propias vidas.

Pidió y recibió el hábito mercedario en 1222. Realizó varias redenciones. En la última, que llevó a cabo en Argel con su compañero redentor Berenguer de Bañeres, debió quedarse como rehén por algunos cautivos en peligro de renegar. El otro redentor viajó rápidamente a Barcelona para buscar el dinero. Pedro Nolasco, que estaba a la sazón en Montpellier, escribió una carta urgente a su lugarteniente Guillermo de Bas: que avisase a todos los conventos que recogiesen limosnas y las enviasen pronto a Argel. No llegó en el tiempo estipulado el dinero del rescate, y los moros, defraudados, dieron atroz muerte a Serapio, clavándolo en una cruz en forma de aspa, como la de san Andrés, y desmembrándolo ferozmente.